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29 de mayo de 2014

La batea de Moaña, la taberna de Bouzas y el Pazo de Cequeliños.



Empecé con una batea de mejillones en 1932 y fui a dar a un pazo y a una agencia de negocios. El pazo me llevó a una taberna-tienda de ultramarinos, y la taberna me llevó a una conocida bodega que se estableció en el pazo hace casi cuarenta años. Al final llegué a un ‘carpinteiro de ribeira’ pionero de la mitilicultura, es decir, del cultivo de mejillones. Y estas vueltas y revueltas me condujeron a un refrán: zapatero a tus zapatos.

Cuando tiempo atrás, estudiando la historia de la mitilicultura gallega, me enteré de que en 1932 el Ministerio de Marina había concedido permiso para instalar un vivero flotante para el cultivo de mejillones enfrente a la iglesia de Tirán (Moaña) busqué y busqué información para saber si se había instalado de verdad. Habría sido la llamémosle Batea Primera de Galicia, la pionera.

Pero no encontré noticias de que hubiese llegado a existir y despaché el asunto. Me resultaba raro que quien había solicitado el permiso tuviese apellidos hidalgos –Pedro Vázquez de Puga y Pereira, abogado- y que ningún rastro hubiese quedado de la implicación de D. Pedro en las cosas del mar. Un proyecto inconcluso, concluí.

Pasaron los años y gracias al cúmulo de informaciones sobre las pequeñas historias que encontramos en la red, descubro que sí, que la batea existió, aunque se fue al fondo sin haber llegado a dar su primera cosecha. En este enlace encontrará el lector un breve reportaje sobre ella. En el mapa de abajo podemos ver su emplazamiento original.

Ría de Vigo y batea de 1932 en rojo.

Y aquí otro texto interesante, firmado por Luis Mª Pérez González, quien cita como fuente las informaciones facilitadas por el socio de Vázquez de Puga en el negocio, Manuel Otero Moratinos, también abogado. Traduzco del gallego.

En 1932, Manuel Otero Moratinos, por entonces Secretario del Juzgado Municipal de Bouzas, viajó a Barcelona para ver los viveros flotantes de mejillón, comenzó a meditar sobre la posibilidad de transferir la experiencia a la ría de Vigo. Al llegar a Vigo, junto con su amigo Pedro Vázquez de Puga y Pereira, estudió el proyecto y decidió solicitar la autorización a través de la Ayudantía de Marina de Cangas para instalar una batea en aguas próximas a Tirán.

Se construyó la batea utilizando como flotador uno de los cajones en que llegaban embalados a Vigo los coches que enviaba la General Motors, adquirido al Garaje Americano por 300 pesetas. La batea fue fondeada en el lugar mencionado, quedando a su cargo el vecino de Tirán, Enrique Juncal Iglesias, más conocido por el apodo de ‘O Caranguexo’. Este hombre murió a consecuencia de una pulmonía que cogió al tirarse al mar, y tratar de salvar la batea que se iba al garete por el fuerte temporal que aconteció el día 2 de febrero de 1933.

La experiencia no fue larga, pero suficientemente significativa para ser considerada como pionera en el cultivo de mejillón en Galicia.

No se conservan fotos de aquel rudimentario artefacto, pero sí del primer joven bateeiro, Enrique Juncal, muerto en combate contra un temporal para salvar la batea cuando tenía 24 años.


De modo que dos abogados residentes en Vigo habían tenido la idea de trasladar a Galicia el sistema de cultivo en viveros flotantes que llevaba décadas funcionando en Barcelona y en otros puertos del Mediterráneo. Dos jóvenes licenciados en Derecho, que tendrían 27-28 años, se animaron a realizar el experimento. Sus familias nada tenían que ver con los moluscos, la pesca o el marisqueo. Otero Moratinos era hijo de Manuel Otero Casaús, primero comerciante y después ‘agente de negocios’. Acá tenemos un anuncio de su empresa.

1931

Y Pedro Vázquez de Puga procedía de una familia hidalga, asentada en Cequeliños (Arbo), a orillas del río Miño, con antepasados diputados y senadores, que disponía de finca con viñedos y de su correspondiente pazo, el Pazo da Moreira.

Pazo da Moreira (Arbo), en foto reciente.

Seguí la historia de este pazo y fui a parar a Bouzas. Fui a parar justo al año de la Batea Primera, 1932; justo a cuando Otero Moratinos desempeñaba en la villa marinera el cargo de secretario del juzgado; y justo a cuando Mariano Peláez Muñoz, natural de Becerril de Campos (Palencia), montaba en Bouzas un pequeño negocio de ultramarinos y venta de vinos. Una triple coincidencia de esas que producen sorpresa.

Bouzas era entonces un importante núcleo pesquero e industrial, con vapores de pesca, astilleros y fábricas, con muchos marineros y obreros a los que servir tazas de vino.

Bouzas, 1930
Bouzas, 1940

Y Bouzas siguió creciendo y dando vida al bar y comercio de ultramarinos de los Peláez. Acá tenemos un anuncio de 1960.

1960

Tras la muerte del fundador en 1966, su hijo Mariano Peláez Lomana decidió introducirse en la elaboración de vinos embotellados con la marca Marqués de Vizhoja. Había servido muchas chiquitas y había aprendido mucho de vinos en el negocio familiar. Bueno, pues le fue bien y empezó a recibir premios.

1970

Le fue tan bien que Mariano Peláez hijo acabó comprando en 1975 el pazo y la finca de los Vázquez de Puga. El humilde tendero-tabernero ascendió así a reconocido bodeguero con ‘palacio’ propio.

2010

Nos falta saber si tras la muerte prematura de la 'Batea Primera' en 1932 surgieron otras nuevas en Moaña. Y la respuesta es, claro, afirmativa pero... eso sí, hubo que esperar nada menos que veinte años, hasta abril de 1953, cuando el moañés José Ferradás Piedras solicitó autorización para instalar cuatro viveros flotantes de mejillón en Domaio. Los Ferradás poseían desde principios de siglo un astillero que construía buques de madera y dominaban, lógicamente, las técnicas de fabricación de artefactos flotantes. El primer paso imprescindible para introducirse en el nuevo mundo de las bateas mejilloneras.

1961

Otros vecinos de Domaio siguieron su ejemplo, como Julio Veiga Ferradás también en 1953 o José Rios Palmás en 1954. De modo que una foto aérea de 1956 nos permite divisar creo que doce bateas fondeadas en la ensenada de Domaio.

1956, bateas en Domaio.

El negocio mejillonero fue a más, y por eso en un reportaje de 1962 se destacaba que Domaio era el pueblo marinero de la ría de Vigo con mayor número de bateas, aproximadamente noventa, que producían cada una en torno a 20 toneladas de mejillones y de insuperable calidad, ‘hasta el extremo de que en Cataluña solicitan siempre mejillón de Domayo, aún pagándolo más caro.”

1962

Bateas, tabernas y pazos. A la hora de concluir esta historia me vino a la cabeza el conocido refrán de ‘zapatero a tus zapatos’. Bien sabemos que los refranes reflejan el saber de la experiencia, pero la cuestión es que los refranes provienen de épocas en las que los cambios eran mínimos, eran lentos, y por esa misma razón sabía más el diablo por viejo que por diablo. Muchos refranes sólo tienen aplicación local, refranes del estilo ‘Año de nieves, año de bienes’. Y otros son aparentemente contradictorios: “A quien madruga, Dios le ayuda” versus “No por mucho madrugar amanece más temprano”.

Pero desde que el cambio tecnológico se ha convertido en el pan nuestro de cada día, la movilidad entre profesiones se ha multiplicado y lo de ‘zapatero a tus zapatos’ suena a antiguo. De ahí que hayan surgido un sinfín de predicadores de un mantra que ya resulta pesado, el mantra del ‘si quieres, puedes’, del que todo es cuestión de esfuerzo y voluntad. El muy norteamericano mantra del emprendedor.

Pues... ni una cosa ni la otra. La experiencia previa, con ciencia o sin ella, sigue y seguirá contando. Nuestra historia es buen ejemplo de ello. Dos abogados urbanos frente a carpinteros de ribera a pie de playa que conocían el mar y dominaban el arte de hacer flotar. No hay color. Una tradicional familia hidalga con pazo frente al hijo de un emigrante con años de experiencia sirviendo chiquitas a marineros, obreros y armadores, que sabía de vinos y sobre todo de los gustos del consumidor. Más de lo mismo.

16 de junio de 2011

Hórreos y bateas, distintivos del paisaje gallego

Los hórreos en el campo y las bateas en las Rías. No creo que haya dos artefactos construidos por los gallegos que llamen más la atención de los visitantes, porque a los que somos del país nos parecen ingredientes casi naturales del paisaje. Son muchos los hórreos para guardar el maíz y muchas las bateas para cultivar mejillones que hay en Galicia. Sobre 30.000 hórreos, según parece, y en torno a 3.400 bateas. Pero entre unos y otras hay una distancia de 300 años.

Hórreo campesino (foto de 1970), humilde pero ... elevado

El hórreo nació para curar y proteger el maíz, y el maíz empezó a cultivarse en Galicia a principios del siglo XVII, hace casi 400 años. ¿Cómo lo sabemos?. Pues, lógicamente, gracias a documentos escritos que se conservan de aquella época. No estadísticas detalladas, por supuesto, pero sí inventarios de bienes o contabilidades de instituciones eclesiásticas y casas nobles.

Cuando fallecía alguien de cierto estatus se realizaba un inventario de sus bienes para adjudicar la herencia, y en él se detallaban las fincas, los muebles, los aperos de labranza, los animales y también el stock de cereales existente en arcas y paneras del difunto. Y se especificaba tanto de trigo, tanto de centeno y tanto de maíz.

Los monasterios cobraban rentas de la tierra y diezmos a los campesinos, y llevaban sus cuentas, otra fuente que nos permite saber cuando empezaron a percibir maíz. En otros tiempos investigué sobre estos temas, y guardo notas de la contabilidad del monasterio de Oia, cerca de la desembocadura del río Miño, uno de los pocos situado a la orilla del mar.

Monasterio de Oia (Pontevedra)
Entre otros ingresos, el monasterio cobraba el diezmo completo –el 10 % de las cosechas- de la parroquia en la que se emplazaba, San Mamede de Pedornes, y rentas en especie por el cultivo de sus tierras, que en este caso eran también proporcionales a la cosecha, cuartos y quintos.

Es decir, los labradores tenían que pagarle cada año entre un 30 y un 35 % de su producto. El 10 % del diezmo más el 20 % o el 25 % de la producción en concepto de renta, según fuese el cuarto o el quinto.

En su Libro de Panera (Archivo Histórico Nacional, Clero, libro 10.231), los monjes de Oia registraban que a partir de 1626 y durante 18 años habían acordado con los vecinos que éstos entregasen una cantidad fija anual de cereales en lugar de diezmos, cuartos y quintos. Pudo haber sido para ahorrarse el trabajo de verificar contribuyente a contribuyente y año tras año las respectivas producciones para cobrar su cuota, o bien para estimular el cultivo de las tierras.

El caso es que finalizado el plazo, en la cosecha de 1644 el monasterio volvió al cobro proporcional, con gran disgusto para los campesinos. Y los monjes de Oia comprobaron dos cosas, reflejadas en el cuadro adjunto.


San Mamede de Pedornes. Rentas proporcionales y diezmos pagados al monasterio de Oia en 1626, 1644 y 1752 (en ferrados)


Cantidad
fija pactada
Cobrado en
proporción a
cosechas
Cálculo peritos
Catastro
Cereal
1626
1644
1752
TRIGO
360
480
240
CENTENO
1.440
1.620
730
CEBADA
180
318
240
MIJO MENUDO
780
--
--
MAÍZ
--
1.680
2.550
Total
2.760
4.098
3.760

-- Datos de 1626 y 1644 en el Archivo Histórico Nacional (Clero libro 10.231). La contabilidad del monasterio usa como medida el ‘bucio’ de 6 ferrados. 
-- Datos de 1752, estimación de los peritos del Catastro de Ensenada.



La primera cosa que comprobaron fue que cobrando en proporción a la cosecha habían ingresado 1.300 y pico más ferrados que con el convenio anterior, pasando de 2.760 a 4.098. Es decir, habían pasado de cobrar aproximadamente 43.800 litros de cereales (casi 33 toneladas) a cobrar 73.900 litros, que pesarían en torno a 54 toneladas (25 de maíz y 29 de los demás cereales). Un cálculo para el que he supuesto que el ferrado raso de la zona contenía 16 litros, y el ferrado colmado para medir maíz 21 litros; y que el litro de cereal pesa 0,75 kilos, salvo en el caso del maíz, que pesa menos (0,71). En resumidas cuentas, el monasterio pasó a cobrar un 63 % más que antes, y... con el maíz americano en cabeza.

Esta segunda constatación es la que nos interesa: los labradores habían casi abandonado el cultivo del ‘mijo menudo’ en favor del maíz. Ambos eran cereales de primavera, es decir, que se plantaban en primavera en las fincas que habían sido sembradas el año anterior con cereales que se plantan en invierno, como el trigo o el centeno. Pero el maíz americano ofrecía rendimientos muy superiores al mijo, y los labradores de Pedornes no dudaron en introducir la nueva planta.

Un cambio atestiguado por los monjes de Oia en sus cuentas del Libro de Panera, año 1644.

 “Maíz. Pedornes. Los feligreses de esta feligresía (...) deben el diezmo enteramente. Y deben por raçon de sus fueros los quintos y quartos y otras raciones. Como se advirtió (...) el anno de 1626 se les arrendó a pan sabido todo por 18 años que cumplieron con los frutos del año de 1643, y pagaban por renta y diezmo 130 bucios de millo menudo. En este tiempo de arriendo se introduxo el sembrar millo maiz, y este año se cogieron el diezmo y raciones y por ellas 280 bucios de que me hago cargo. Advirtiendo, para los venideros [años], que por mas diligencias que se hicieron para cobrarlo ocultaron mucha cantidad y haciendo cala y cata se allaron cassas que no avían pagado la mitad de lo que debían. Ellos tratan de reducirlo como estaba a Renta sabida, pero en casso de que se aya de arrendar no conviene que se le arrienden los diezmos.”

Una prueba de que en torno a la década de 1630 empezó a cultivarse el maíz americano en esta zona del suroeste de Galicia, y de que en pocos años se convirtió en el cereal de mayor producción. Las cifras de 1752 del cuadro de arriba confirman que un siglo después el maíz seguía siendo el preferido, con gran diferencia.

Y, por cierto, se aprecia en el texto que los monjes usaron el mismo nombre para ambos cereales aunque con apellido diferente, 'millo menudo' y 'millo maíz'. La razón nos la explica claramente el Padre Sarmiento en su Colección de voces y frases de la lengua gallega escrita a mediados del siglo XVIII: "O millo meùdo. Millo del puro latín millium. Meùdo para distinguirle del millo gordo, que es el maíz americano, que por tal no puede tener voz latina".

¿Y por qué la difusión del maíz llevó a construir hórreos?. O dicho de otro modo, ¿por qué no se guardó el maíz en los graneros tradicionales usados para conservar el centeno, el trigo o el mijo?. En arcas, en huchas, en tullas o en cualquier otro tipo de granero. Pues porque estos graneros tradicionales no eran apropiados para conseguir que el maíz secase y estuviese a la vez protegido de enemigos escurridizos, de ratones e insectos. Fue algo que no tardaron en aprender tanto los labradores como los nobles y eclesiásticos que recibían rentas y diezmos en maíz.

El Diccionario Enciclopédico Gallego-Castellano de Eladio Rodríguez (1960) definía ‘tulla’ como “Especie de arca grande de madera, fija, con una pared movible, que sirve para recoger los granos de trigo o centeno, pues el maíz se guarda en el hórreo.” Pensemos en el asunto. El maíz se guarda en espiga, no en grano, y eso quiere decir que almacenar el maíz requiere mucho más espacio que el centeno o el trigo, que se majan para separar el grano de la paja y ya solo tenemos que almacenar el grano.

A medida que los labradores fueron consiguiendo mayores cosechas de maíz, vino la necesidad de disponer de un granero específico para el cereal americano, y surgieron los hórreos. Espaciosos, aireados y con obstáculos para impedir las incursiones de ratones y demás bichos –los llamados tornarratos-.

De piedra, de madera, de piedra y madera, todos tenían el mismo fin: curar y proteger el maíz. Pequeños y grandes. Y ahí siguen estando muchos de ellos, dando ese aire especial a las aldeas y pueblos de Galicia.

Hórreo de Carnota (foto de 1970), entre los más grandes ... o el que más.


No es casualidad que los hórreos de mayor tamaño estén en las Rías Bajas, con buen clima para el cultivo del maíz y densamente pobladas, y que hubiesen pertenecido a curas y monasterios, y no a labradores. Los hórreos de Carnota, Lira y O Araño fueron erigidos por sus respectivos párrocos, y el de Poio por el monasterio allí emplazado. Son los hórreos más grandes de Galicia. Un labrador medio no necesitaba tanto espacio para su cosecha de maíz, pero sí los grandes perceptores de rentas y diezmos.

En las zonas vitícolas lo grande eran las bodegas, lógicamente. En las comarcas de la Galicia interior, más ganaderas, más de centeno, el maíz no se daba bien, la cosecha del cereal americano era pequeña, y muchos preferían secarlo como se ve en la foto, en ristras trenzadas. Para qué gastar en un hórreo. Con el inconveniente, eso sí, de tener que retirar las espigas a cubierto en los días de lluvia.

La alternativa al hórreo para curar el maíz (Monforte de Lemos 1930)


Las bateas son artefactos mucho más recientes. La palabra batea era sinónimo de artesa para amasar pan, o se definía como ‘recipiente de forma normalmente cúbica que se usa para el lavado de minerales’ (Real Academia), o como embarcación de fondo plano, en los diccionarios tanto de gallego como de castellano. Hoy asociamos batea a vivero flotante para el cultivo de mejillones, cuadrado o rectangular. Es, en resumen, una plataforma flotante de la que cuelgan cuerdas en las que crece el mejillón.


Típica batea para el cultivo de mejillones, en Durán, C. (1990), El mejillón. Biología, cultivo y comercialización.

Los viveros flotantes de mejillones nacieron en la España mediterránea a principios del siglo XX, y el puerto de Barcelona fue uno de los importantes en la actividad del engorde de nuestro molusco. Se anclaba un barco viejo o una plataforma de madera de la que colgaban cuerdas, y los mejillones que se adherían a ellas medraban alimentándose de los nutrientes que pululan por el mar. Así de simple: los mejillones son muy amigos de pegarse a cualquier cosa, y abren sus conchas para absorber lo que traen las corrientes marinas. Lo mismo hacen las almejas, las navajas, los berberechos o la ostras, pero carecen del biso de los mejillones y se ven obligados a vivir en la arena.

Este sistema de cultivar mejillones acabaría alcanzando gran difusión en Galicia a partir de los años 1950, y tuvo su inicio en 1946 cuando los hermanos Ozores Saavedra, vecinos importantes de Vilagarcía y dueños del Pazo do Rial, se animaron a fondear las primeras bateas. En 1944 habían constituido la empresa Viveros del Rial SL, cuya principal finalidad era cultivar ostras en una pequeña ensenada próxima a Vilagarcía.


Ensenada do Rial (Vilagarcía), lugar de nacimiento del cultivo del mejillón.

En la imagen todavía pueden apreciarse las parcelas de la ensenada que en su momento se destinaron a parque de ostras y almejas. Abajo a la derecha el pazo de los Ozores, hoy hotel.

A nuestros pioneros no les fue bien en el negocio de las ostras y probaron con el mejillón empleando la técnica de cultivo típica de las costas atlánticas francesas que se basa en clavar estacas (bouchots, en francés) para acoger en ellas al molusco. En la foto puede verse cómo se sigue todavía engordando mejillones por medio de estacas en Saint Brieuc, al norte de Bretaña.

Estacas para el cultivo del mejillón, Bretaña (Francia)

Pero lo de las estacas tenía sus inconvenientes, no era una sistema de cultivo que se adaptase bien a las rías gallegas. Los viveros flotantes dieron mejor resultado. En un principio se usaron barcos viejos como soporte de las cuerdas, algo que se aprecia muy bien en la foto de abajo: barcos con cuatro mástiles a los que se les puso un tejado y troncos a babor y estribor para colgar las cuerdas.

Bateas construidas a partir de viejos barcos (Sada), en Durán, C. (1990), El mejillón. Biología, cultivo y comercialización.

Y luego ya se construyeron plataformas de madera con flotadores. La foto siguiente es de en torno a 1960, y muestra las típicas bateas pioneras, de la etapa inicial del sector mejillonero. Al fondo de la imagen, Vigo.



Y esta otra foto tiene un aire sorprendente: bateas de mejillón en el puerto de A Coruña. No se ven muy bien, pero están al fondo, enfrente del castillo de San Antón y protegidas por el dique de abrigo Barrié de la Maza.

Bateas de mejillón en el puerto de A Coruña, principios de los años 1960

Que el gran crecimiento del cultivo de mejillón ha dejado su sello en el paisaje de las Rías Bajas... a la vista está. Dos imágenes aéreas de la gran cantidad de bateas hoy existentes, la primera de Cangas y la segunda de la ría de Arousa.

Bateas de mejillón en Cangas do Morrazo (Ría de Vigo)


Bateas de mejillón en la Ría de Arousa


Pero antes de que las rías fuesen ocupadas de modo permanente por las bateas, lo habitual eran escenas de mar como la de la siguiente foto. Bueu, en la ría de Pontevedra, 1928. Ni rastro de viveros flotantes.

Sendón, M. (2000), Arquivo José Mª Massó, Centro de Estudos Fotográficos


Hoy los hórreos se usan muy poco para el fin con que nacieron, y los nuevos se construyen por motivos decorativos. Hace 100 años Galicia contaba con 2 millones de habitantes, y en torno a 300.000 hogares campesinos. La producción de maíz superaba las 300.000 toneladas, y los hórreos eran necesarios. Desde hace décadas el número de campesinos ha caído en picado aunque, eso sí, se produce mucho más maíz que antes: 132.000 toneladas de maíz grano y nada menos que 2.500.000 de maíz forrajero, datos oficiales de 2009. Pero en su mayor parte va a parar enterito -tallo, hojas y espigas- y bien picado a silos para alimento del ganado. Tras una larga vida, el hórreo se ha jubilado.

Lo de las bateas es otro cantar. Su número total ha permanecido casi constante en los últimos treinta años, entre 3.000 y 3.400, porque ya no queda espacio en las rías y no se autorizan nuevas instalaciones. Siguen a pleno rendimiento, con una producción de en torno a 250.000 toneladas anuales de mejillón, 75 toneladas por batea, más o menos. A diferencia de los hórreos, las bateas siguen prestando sus servicios y se siguen fabricando para reemplazar a las viejas o deterioradas.

Aprovecho para recomendar al que quiera saber más acerca de la historia del sector mejillonero en Galicia, un buen trabajo, y digo bueno porque lo escribí yo mismo, presentado al VIII Congreso de la Asociación Española de Historia Económica, celebrado en Santiago en 2005.