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13 de junio de 2011

Crónica del estraperlo en la feria de O Carballiño

No conozco un libro que refleje mejor el ambiente del estraperlo en las ferias gallegas de los años 1940 y 1950 que el publicado por Fariña Jamardo en 1981 titulado A Feira do Carballiño.

Portada libro
Ambientado en 1949, entre muchas otras historias nos muestra la trayectoria y la forma de actuar de un pequeño estraperlista, es decir, de una persona que lleva a la feria productos sometidos a racionamiento –como el arroz, el aceite o el azúcar- conseguidos al margen de la ley y que vende al mejor postor, sin respetar los precios fijados por el gobierno.

Aparte de estar atento a la marcha de los precios, de la oferta y de la demanda, para conseguir el mayor beneficio posible, nuestro protagonista tiene que prestar atención a la llegada de los encargados de perseguir el mercado negro: la Guardia Civil, los empleados de la Fiscalía de Tasas y ... los soplones. Un testimonio de aquella época tan difícil. Traduzco del gallego.

A Feira do Carballiño, páginas 24-27:

“Vuelven a decir de nuevo, unos y otros, que va a rematar el racionamiento. Lo han dicho tantísimas veces que yo pienso que ésta será una más. Otra trola. Puede que piensen que sólo por el hecho de decirlo, los que tenemos algunas mercancías de las que se encuentran racionadas, con el miedo a que bajen los precios, nos desprenderemos de ellas. Pero lo cierto es que estas mercancías suben cada vez más. Si sucediese lo que andan diciendo, a mí y a otros nos hacían la judiada madre. No puede ser.

Uno dejó de hacer zuecos para hacer estraperlos, y no me gustaría ni poco ni mucho tener que volver a hacer zuecos, una tarea que supone mucho más trabajo, y muchos menos cuartos. Siempre se choca uno con gente que tiene envidia y echa la lengua a paseo. Y la mayor parte de esta gente si fuesen personas deberían mostrarnos cierto agradecimiento, ya que les servimos lo que precisan y nos demandan. ¿Qué mal hacemos?. Ninguno. Traficamos en unos artículos que los de la Comisaría [de Abastecimientos y Transportes] no pueden abastecer a los hombres de este país. Nosotros conseguimos que no todos ellos tengan que pasar sin esos artículos racionados y que son de primera necesidad: aceite, azúcar, arroz, pan blanco, jabón ... Los que tienen dinero para comprarlos a los precios que nosotros les ponemos, pueden disfrutar de estas mercancías racionadas. Nosotros vamos a por ellas a donde sea: a Portugal, al horno del señor Xoaquín, a la tienda de Lourenzo, a la casa del empleado de Abastos, o a la residencia particular del secretario del Gobernador. Y lo hacemos con riesgo. Con verdadero riesgo.

En materia de riesgo tengo mi experiencia, pues estuve en la guerra desde el comienzo hasta que acabó. Y fui cabo de la Legión extranjera. De la Legión, es decir, del Tercio. Y no hay quien me tosa. Me hirieron en el Ebro. Un tiro de suerte. Y nadie puede decir que no luché por el régimen, o que no soy adicto al Gobierno. Incluso tengo la medalla de sufrimientos por la patria.

(...) Y me licenciaron. Y tuve que volver a hacer zuecos. Pero los zuecos dieron poco de sí. Fue entonces cuando me puse en relaciones con la Sara, y ella, ya en el tiempo de la guerra había traficado con el hilo y el jabón portugués. Y más adelante se metió en el chollo del café. (...) Entonces la Sara y yo nos pusimos de acuerdo en dejar el contrabando en la frontera y dedicarnos a hacer estraperlo de poca altura, o sea, a ras de suelo: aceite, azúcar, chocolate, harina, y otras cosas intervenidas por el Gobierno. Y rápidamente encontré fuentes de suministro. Pequeñas fuentes, cierto, pues uno sigue siendo un estraperlista de los pequeños, a pesar de mis muchos servicios al régimen. Estraperlistas de los de cinco mil pesetas de mercancías y multas de mil, que no se hacen efectivas por no tener ningún tipo de bienes.

(...) Los [Guardias] civiles huelen el estraperlo desde lejos como si fuesen lebreles. Y también los de la Fiscalía. Aunque estos son más estraperlistas que nosotros. Pensando en esto me dijo ayer la Sara: ahora que tenemos unos kilos de arroz y de azúcar y unos litros de aceite, puedes ir con ellos al Carballiño, que allí los de la Fiscalía no actúan. Los de O Carballiño, que son gente de trato, saben muy bien lo que hacen y en su feria no dejan entrar a los de la Fiscalía. Por eso la feria de O Carballiño medra, y se llena de feriantes y de gente, y en ella hay de todo. Hasta dólares y medicinas que no se encuentran en ninguna parte. Hoy por hoy la feria de O Carballiño es una de las mejores de Galicia. Y va habiendo suerte.

Benitiño sabe esconder muy bien los bultos en el ómnibus. Ya nos dieron el alto los civiles dos veces y no los encontraron. Aunque el Benitiño cobre bien sus servicios es una garantía viajar con él. Aunque cuando los civiles encuentran los bultos, él se eche rápido atrás diciendo que no sabe nada. Le dice a los guardias que sólo se dedica a hacer el servicio de ferias con su ómnibus debidamente autorizado; pero que no tiene autoridad ni fuerza para decirle a sus clientes que le abran los bultos que meten en el ómnibus para llevar a la feria.

Un ómnibus parecido al de Benitiño

(...) Benitiño se lava las manos asegurando que cada uno es responsable de lo suyo. Y los civiles, entonces, se incautan de las mercancías que encuentran, y denuncian a sus dueños. Sin embargo, hay que tener en cuenta que en el ómnibus de Benitiño no se encuentran fácilmente aquellas cosas que no conviene que sean encontradas. Y si aquella vez encontraron el café es porque olía demasiado. Y se pensó que aquel café pudiese ser de Benitiño; pero él para librar al ómnibus del decomiso les dijo a los civiles que aquel café era mío. Y tuve que pasar en la cárcel quince días. Y el Benitiño no sólo vino a visitarme, sino que supo agradecer el sacrificio. E incluso llegó a darme cinco billetes verdes para que callase.”

A Feira do Carballiño, páginas 58-61:

“La feria del grano, del arroz, del aceite, del café, del azúcar y de los demás artículos intervenidos, se hace hoy fuera de la villa, en unos terrenos bajos existentes al lado de la carretera de Ribadavia a Cea, después de pasar el Asilo, y antes de llegar a Framia. Dicha feria tiene un carácter oficial y aunque, en cierto modo, sea reconocida y protegida por los carballineses, para la ley y para los de la Fiscalía es clandestina.

No es de extrañar, por eso, que los que compran o venden en ella estén siempre pendientes de la posible llegada de los civiles o de los agentes de la Fiscalía de Tasas, teniendo sus vigías para atisbar la proximidad de unos y otros. Cuando les llegaban noticias de que se encaminaban a la feria del grano y del aceite y los divisaban, los vigías gritaban ¡qué vienen! ¡qué vienen!, y la feria se deshacía en un abrir y cerrar de ojos, pues los del trato huían corriendo con las mercancías por el camino de hierro en construcción hacia el Cuco, o buscaban cobijo en las huertas y los pinares de Framia y Arcos.

Las transacciones se hacían aquí con mucha mayor rapidez que en la feria de ganado, y los compradores en el momento mismo de comprar, sentían la inquietud de ser dueños de una mercancía o de un artículo intervenido, y huían a toda velocidad con él de la feria. Los sacos de maíz, centeno o habas pasaban de los carros en los que los labradores los habían traído a la feria, a los camiones con gasógeno de los compradores. La venta de aceite, azúcar y café semejaba envuelta en mucho secreto y en ella sólo se hablaba de litros, latas, kilos, precios y, a diferencia del maíz o las habas que tenían precio fijo, los precios del arroz, azúcar, café o aceite cambiaban con frecuencia de acuerdo a la demanda antes de que se deshiciese la feria, y siempre eran objeto de regateo entre los que vendían y compraban.

-- ¿Tiene aceite?.
-- Tengo. Y también arroz y azúcar.
-- ¿El aceite es bueno?.
-- El aceite es del mejor, mi señora. Bueno como ninguno. Se lo vendo a granel o en latas.
-- ¿Cuánto vale?.
-- 58 pesetas el litro.
-- ¿58? ... Usted no gobierna bien su cabeza. A 25 lo compré en la última feria.
-- A 25 pudo ser el cuartillo.
-- No, fue el litro.
-- Entonces no era aceite de oliva.
-- ¡Claro que era de oliva!, ¡y del mejor!.
-- ¡No me diga! ... Pues siendo de esta manera no le vendo a usted cosa alguna. Yo compro todo el aceite que me traiga a ese precio y además le regalo dos duros en litro.
-- Usted no se pierde. Usted es muy espabilado. Quiere que yo le traiga aceite a 35 pesetas para seguidamente cargármelo a mí o a otro cliente a 58.
-- Por el precio que usted me dijo de 25 pesetas no sólo le regalo dos duros en litro, sino cuatro.
-- Pero yo no vendo aceite, mi rey, yo lo compro. Y son cinco litros los que preciso para la comida que mi marido quiere darle a sus compadres por San Ildefonso, que es su santo.
-- Pues también es casualidad. De cinco litros y sin abrir tengo una lata de la Giralda; es decir, del mejor aceite que se encuentra hoy en el país. Aquí la tiene. ¡Véala!.
-- Ya veo que la lata no fue abierta y que parece ser efectivamente de la Giralda, por fuera. Lo que no puedo ver es lo que tiene dentro. Si tiene aceite o cualquier otra cosa. A lo mejor tiene aceite por arriba y agua por debajo. Con eso de que el aceite sube y flota sobre el agua, el engaño es fácil de hacer y no sería el primero que se aprovechase de esto.
-- Por ese escrúpulo no deje la mercancía. Si hacemos trato, la abrimos y la vaciamos aquí mismo. Yo no acostumbro a hacer estraperlo, señora.
-- Entonces como le llama a lo que está haciendo en esta feria. O piensa que vender aceite a 58 pesetas el litro es hacer una obra de caridad.
-- Una obra de caridad sí que es, aunque no lo parezca. Depende de como se mire. Usted no puede festejar el santo de su marido y quedar bien con sus invitados si yo u otra persona de las que nos dedicamos a este pequeño y peligroso oficio no le vendemos el aceite que necesita y que no le dan con la cartilla de racionamiento. Y para que usted pueda tener el aceite yo y mis compañeros tenemos que arriesgarnos delante de la Fiscalía, de los civiles, de los carabineros, y de los del 40 por ciento, exponiéndonos al decomiso de la mercancía, a las multas y a la cárcel. Y al final para no ganar gran cosa. Para ganar una minucia.
-- ¿Y cómo siendo un negocio tan peligroso se dedica usted a él?.
-- Los tiempos son miserables, mi señora. Usted bien lo sabe. La mujer y los hijos quieren un pedazo de pan y una taza de caldo y hay que dársela. Por eso estoy aquí. Piense que nosotros somos el último peldaño de una larga escalera; los que más nos arriesgamos y los que menos ganamos. En este, como en otros muchos negocios, los que llevan la mejor tajada son los que no arriesgan nada.
-- A usted le fallará la razón, pero palabras no le faltan. Le llevo una lata a 35 pesetas el litro.
-- Por debajo de las 50 nada tenemos que hablar. A 50, y no le rebajo ni un céntimo. Pero además del aceite, y como va a estar de fiesta, creo que debería llevar arroz, para hacer una paella o arroz con leche. ¡Mire que arroz tengo, señora!. No lo encontrará mejor en O Carballiño ni en Ourense. Y se lo vendo muy barato. A 20 pesetas el kilo.
-- Si me lo pone a 16, le llevo dos kilos.
-- Déjese de regatear. No me haga perder tiempo. Tengo clientes esperando. Compre si le conviene, y sino váyase ... Lleve el arroz a 18 pesetas. Y no me haga jurar, que no gano un céntimo.
-- Déjeme palparlo. Aunque no parece muy bueno, le doy 17 pesetas.
-- 18. En la feria lo están vendiendo a 20. Usted bien lo sabe.
-- A 17 lo ofreció aquel señor.
-- No haga comparaciones. El de aquel señor no tiene la calidad del mío. Este es valenciano legítimo. No es de ese andaluz que sacaron ahora de no sé dónde, que parece cascajo y no vale ni para papas.
-- No le digo que no. Pero, volviendo al aceite ¿cuál es su último precio?.
-- 45. Y ya no pierdo más tiempo con usted. Si lo quiere llévelo, y si no déjelo. Buenos días, amigo, ¿qué le interesa? ¿aceite? ¿arroz?.
-- Las dos cosas.
-- Pues de las dos tengo y de la mejor calidad.
-- ¿Y a cuánto las pone?.
-- Haga el favor. A ver si rematamos el trato, que tengo prisa. Baje cinco pesetas en el litro de aceite y le llevo la lata de los cinco litros y además dos kilos de arroz.
-- El que tiene prisa soy yo, señora. Y no le bajo ni un real. Déjeme ya tranquilo. No me haga perder la paciencia, que voy a estallar.
-- No explote que no es para tanto. Le daré lo que me pide. ¡Qué mal genio tiene este hombre!.”

A Feira do Carballiño, página 87:

“Aunque sea poco a poco el estraperlo va saliendo. Como somos muchos, los nuevos se ponen nerviosos en vez de aguardar, cogen miedo y tiran los precios. Les hacen caso a los avispados, a los soplones, a los espabilados, a los malos bichos que traen las malas noticias: que si los de la Fiscalía andan recorriendo la feria; que si el cabo primero de la guardia civil viene para acá; que si incriminaron al alcalde ante el Gobernador por hacer la vista gorda ... Y aquel hijo de mala madre que presumía de ser mutilado de guerra, queriendo llevar el aceite y el arroz a precio de tasa. ¡Mala centella lo hunda!. Y nos vimos obligados entre todos a mostrarle el camino a bofetadas. ¡Y no tenía humos el entrometido del mutilado!. Se hartó de decir que iba a dar parte a la guardia civil y al alcalde. Pero no faltó quien le avisase, poniéndole el filo de la navaja en el pescuezo, que si se atrevía a hacerlo podía darse por muerto. Y debió coger miedo ... Y como el miedo guarda la viña, algunos compañeros, y antes que nadie las mujeres, quisieron echar la mercancía fuera, fuese como fuese. Y se la vendieron al primero que abrió la boca. Yo no. Yo aguanté y seguiré aguantando.

La mitad, o quizá un poco más, de los artículos que traje ya los tengo vendidos a buen precio ... Bueno, al precio que corresponde. Me hizo gracia la señora aquella que hablaba de si el aceite era mejor arriba que abajo. Y que lo mismo sucedía con el arroz. Entonces ¿qué pensaba? ... Decir dijo cosas de muy enterada. Pero aún creyéndose muy espabilada y muy de sabérselas todas, picó como las demás ... Ciertamente, si los artículos que uno vende fuesen tan buenos como parecen, por encima o por fuera, no hacía falta dedicarse al estraperlo ... En este oficio hay que tener los ojos muy abiertos; y si los civiles aparecen ... –no lo quiera el demonio- echar el saco al hombro y huir corriendo ... Sólo me quedan unos 16 kilos de mercancía. Y tengo que ganar con ellos para el viaje y para comer en la de Roxelia o la de Celia, a cuerpo de rey ...”

La de O Carballiño era una importante feria ganadera, y ahí va una imagen de la misma en los años 1920.


12 de junio de 2011

El mercado negro de posguerra y... el cazador cazado

Febrero de 1938 –la Guerra Civil española comenzó en julio de 1936-, Julio Muñoz Aguilar es nombrado gobernador de la provincia de A Coruña por las autoridades del bando nacional. En abril de 1939 finaliza la guerra y en julio se le concede a Muñoz Aguilar la Gran Cruz del Mérito Naval. En octubre es nombrado Jefe de la Casa Civil del Jefe del Estado, Francisco Franco.

Mientras no se decide quien va a reemplazar a Julio Muñoz ocupa el cargo de forma interina otro Julio, Julio Ramos Alfageme, un alto funcionario del gobierno civil coruñés. Y al poco tiempo concede una entrevista a un periódico local para dar a conocer sus planes de lucha contra el mercado negro de alimentos y tranquilizar a la población asegurando que ni subirían los precios ni quedaría desabastecida. No han transcurrido más de seis meses del final de la guerra, los precios están tasados y el comercio sujeto a estrictas normas.

Muchos productos no pueden venderse a mayor precio que el fijado oficialmente y las ‘exportaciones’ a otras provincias requieren de la aprobación del gobernador, que se materializa en un documento, la ‘guía’. Vender por encima del precio oficial o exportar sin permiso, sin guía, eran delitos, y pese a ello muchos lo hacían. Estamos ante el mercado negro, conocido en la España de aquellos años como estraperlo: “comercio ilegal de artículos intervenidos por el Estado o sujetos a tasa”, según la Real Academia.

Unos lo practicaban por pura necesidad, para obtener el mayor ingreso posible por la venta de sus productos o para adquirir aquellos productos que no podían conseguir en el mercado oficial regulado. Otros eran puros estraperlistas que se dedicaban a ganar dinero traficando al margen de la ley.

Estamos en octubre de 1939. Cesaron los combates. En toda España se padece escasez, y en Galicia se podían conseguir muchos alimentos, desde patatas y habas hasta pescado, carne o huevos; y por Galicia pululan una nube de intermediarios para adquirir lo que sea y al precio que sea para venderlos al mayor precio posible. Los gobernadores civiles eran las máximas autoridades provinciales en la materia, y nuestro protagonista concedió rápidamente una entrevista a la Hoja Oficial del Lunes de A Coruña para mostrar su mano dura con el mercado negro.

Julio Ramos era consciente de que una manera de frenar el estraperlo consistía en dar la mayor publicidad posible al castigo a que se exponían los infractores; la prensa, controlada por el régimen, publicaba puntualmente listas con los nombres y las penas de los castigados: multas, incautación de  la mercancía, prohibición del ejercicio del comercio o la industria, cárcel.

Julio Ramos Alfageme, que como ya he dicho ocupaba provisionalmente el cargo, se nos revela en la entrevista como un hombre de ideas claras y lenguaje directo, dispuesto a acabar por todos los medios a su alcance con los estraperlistas y a evitar el desabastecimiento local. El reportaje es bastante amplio y voy a reproducir textualmente aquellos párrafos más interesantes. Resalto una parte de las respuestas en letra roja. Las declaraciones del gobernador van detrás de la letra (G).

PRELUDIO
-- (G) Desde que me hice cargo de este Gobierno, no he dejado ni un momento de preocuparme del abasto de la provincia. Es de tal importancia y relieve que, sin una actuación enérgica y una finalidad bien orientada, los problemas se producen a todas las horas y la perturbación alcanza por igual a productores y consumidores.

UNA NUBE DE INTERMEDIARIOS
-- ¿Sabe usted seguramente el sinnúmero de intermediarios que se han caído sobre esta provincia y ciudad?
-- (G) Lo sé y no me extraña. Hágase usted cargo de que una gran parte de España no puede ofrecer de momento ningún producto. La vesania roja arrasó esas tierras, y la falta de estímulo en los agricultores, durante el Frente Popular, hizo que no se preocupasen de los cultivos. Tenemos, pues, que producir para toda España solamente los dos tercios de la nación, ínterin no se recojan en la primavera próxima las primeras cosechas. ¿Qué tiene de extraño que las provincias deficitarias se afanen en lograr productos de que se carece?.
-- Pero esa necesidad hace que las demandas sean exageradas con grave perjuicio del consumidor.
-- (G) Y del productor. ¿Cree usted que no sé yo perfectamente que esos precios que se andan ofreciendo no van a parar en su mayor parte a los productores?. Por eso trato de impedir esos agios o ‘estraperlos’, como ahora se llaman. Ya ve usted la campaña del Gobierno. Que tomen nota los ansiosos que se encuentran en esta provincia. Porque los transgresores serán castigados con la cárcel y sancionados. Mañana empezarán a salir a la luz las primeras sanciones, para que sirvan de advertencia y ejemplaridad.

SEVERO CONTROL DE LAS EXPORTACIONES
-- ¿Cuales son los problemas o productos que merecen su preferencia?.
-- (G) Todos; pero principalmente el pescado, carne, habichuelas, patatas, huevos y leche. Unos por el consumo y otros por la exportación. Por de pronto no autorizaré ninguna exportación sin que se me garantice previamente el consumo de la provincia.
-- ¿Se han dado órdenes en ferias y mercados?.
-- (G) Sí señor. Y a todos los jefes de estación [ferroviaria] y a los jefes de línea, y a los comandantes de los puestos de la Guardia Civil. Sin la guía [documento oficial de venta] no se puede facturar, embarcar, ni circular ningún producto; guías que han de ir firmadas por mi autoridad. De este modo controlo el comercio de todos los productos y sé lo que se pagó a los productores y se cobra a los consumidores en el lugar de destino.

BAJARÁ LA CARNE VACUNA
-- ¿Y el régimen de matadero va a continuar como hasta ahora?
-- (G) ¡De ningún modo!. (...) Se trata, en una palabra, de poner todo en una sola mano a fin de evitar los agios y los sobreprecios. Lo mismo ha de ir haciéndose en todos los mataderos de la provincia.

PUJAS Y FRAUDES EN LOS EMBUTIDOS
-- La Prensa habla de una intervención en las fábricas de embutidos.
-- (G) Naturalmente, porque también producían alzas en los precios del ganado. (...)

NO HABRÁ MÁS PRECIO QUE EL OFICIAL
-- En una palabra, señor Gobernador, que los intermediarios van a ser frenados en sus ansias, ¿no es eso?.
-- (G) Eso mismo. Y el primero que se caiga, responderá con la cárcel y con su bolsillo. En Galicia existe una verdadera nube de intermediarios, ya antes de ahora. Por eso voy a vigilar las ferias evitando a toda costa que se compre por encima del precio oficial.
-- ¿Y cree usted que el ganado tiene un precio remunerador para el labrador?.
-- (G) Eso lo ignoro, y no es de mi incumbencia. Lo único que sé es que se ha dictado un precio por el Estado y que este precio ha de cumplirse por encima de todo. Si se cree que este precio no es remunerador para Galicia, tienen medios las entidades ganaderas de hacer llegar su voz hasta el Estado y éste –esté usted seguro de ello- si ve que tienen razón, hará las modificaciones que se precisen. No se obra ahora ni por caprichos, ni por presiones. Un Estado con autoridad dará a cada cual lo suyo. Y eso por fortuna lo tenemos en España.

HABICHUELAS Y PATATAS, A LA TARIFA
-- ¿Cree usted que se restablecerá muy pronto la normalidad?
-- (G) Antes de ocho días. No saldrá ni un saco de patatas ni de habichuelas que no vaya a su precio de verdad: el de tarifa. Los mercados de esta ciudad estarán abastecidos. En pescado, se me facilitará por los armadores todo cuanto se necesite para nuestro consumo, y el resto se podrá exportar.
-- ¿Y dentro de las plazas de abasto?.
-- (G) Ya sé por donde va usted. Pescado que entre en plaza se venderá a los compradores sin subterfugios de ningún género. (...) He puesto un servicio de fuerzas de Asalto para impedir las mil tretas que suele padecer el público. Y el primero o primera que se caiga, irá a dar con sus huesos a la cárcel, además de la sanción pecuniaria. Quiero que sepan todos los ciudadanos de esta provincia, que todas estas maniobras son para sabotear el régimen y el Estado que por fortuna nos rige, y que los que por sus ansias y su contumacia se olviden de este principio están expuestos a que sean los Tribunales militares los que los juzguen.
-- ¿Y no pueden salir en camiones para otros sitios?
-- (G) El primero que se coja, lo sancionaré con verdadera dureza, sin contemplaciones.

UN AÑO DE BENDICIÓN DE COSECHAS
-- ¿Puede garantizarse el abasto de los principales productos?.
-- ¡Por Dios, hombre!. Si esta provincia es la más ganadera en vacuno, la de mayor producción de patatas ... La riqueza de La Coruña se expresa en cifras casi astronómicas. Además ha sido un año de magníficas cosechas, gracias a Dios. La Providencia ha querido demostrar elocuentemente cómo sabe remediar las necesidades creadas por las huestes de Moscú en esta guerra de redención que acabamos de sufrir. (...)

Dicho y hecho. Empezaron a llover sanciones que, como ya dije, fueron publicadas regularmente por la prensa para dar ejemplo. Aquí tenemos una, al mes siguiente de la entrevista.

1939

Son multadas trece lecheras de Ribeira y A Pobra por vender leche a precio superior al oficial, una de ellas con doble sanción por además “negarse a venderla, en caso de obligarle, a menos precio” que el precio oficial. Casi todas las demás sanciones son por exportar productos a otras provincias sin licencia, entre ellas a “un tal Sandalio, exportador de pescado en esta ciudad”, a un vecino de Lugo “por transportar azúcar escondido en una caja” y a otra vecina también de Lugo “por tratar de exportar de la provincia mercancías intervenidas y que llevaba ocultas entre unos tubos en un camión”.

A base de multas se quería frenar un fenómeno que nacía de fuerzas poderosas. Era tal la escasez de productos de consumo habitual hasta entonces en España que el Vaticano tuvo que tomar una decisión extraordinaria, en octubre de 1940: por primera vez en la historia se autorizó la sustitución del aceite de oliva por otros aceites en la iluminación del Santísimo, e incluso por lámparas eléctricas. Un ejemplo de las muchas innovaciones surgidas de las guerras.


Pero no era fácil frenar el mercado negro, y por ley de 3 de octubre de 1940 se crean las Fiscalías de Tasas, con la siguiente justificación: “La persistencia en muchas provincias de abusos en la venta de artículos de primera necesidad, sujetos al régimen de tasas, y el aumento de la especulación en esta materia, con daño grave para el abastecimiento de las poblaciones y los hogares humildes españoles, exigen medidas de rigor que corten, de una vez, estas criminales maniobras que, de persistir, llevarían al hambre y la ruina a todos los sectores de nuestra Nación, imponen la ejemplaridad y la rapidez en la corrección de las infracciones, sin que los trámites jurídicos puedan servir de escudo a los infractores, maestros en las argucias de perturbar o burlar a la Justicia con trámites o retrasos”.

La ley tenía otros artículos que revelaban su carácter excepcional. Dos de ellos merecen ser destacados: en el artículo 7º se establecía que de las multas impuestas “percibirá un cuarenta por ciento el denunciante”; y en el artículo 13º se estipulaba: “Cuando por los antecedentes y actividades de los infractores contra el régimen o su conexión con elementos revolucionarios o expatriados, existan vehementes indicios del propósito de perturbación del orden o de la economía nacional por los culpables o la trascendencia del hecho, por los graves daños que a la Nación pueda causar, lo merezca, los Tribunales de Justicia que así lo aprecien deberán considerarlo comprendido dentro del delito de rebelión, y hacer aplicación, en su caso, de las penas que el Código de Justicia Militar establece para el castigo de estos delitos”.

En resumen, se premiaba la delación y se autorizaban los Consejos de Guerra para los casos digamos graves. Bueno, pues no había pasado una semana desde la publicación de la Ley cuando la prensa daba cuenta de un Consejo de Guerra a varios infractores. Fíjese el lector en quién era el primer acusado.

9-10-1940

Ni más ni menos que nuestro protagonista, Julio Ramos. Me pregunto que tendría en mente el redactor cuando eligió el adjetivo interesante para el título de la noticia. Acá tenemos dos versiones diferentes.


 


Entre los acusados figuraba un comerciante de Santiago, José Vilas Sobrino, que aunque había sido directivo de la Juventud Republicana Radical desde 1934, ya en 1938 ofrecía su casa para alojar alféreces del ejército franquista y recibía el agradecimiento del Auxilio Social por sus donaciones. También tenemos al dueño de una droguería de A Coruña –Víctor Vázquez Paredes-, y a un miembro de una destacada familia coruñesa –César Suárez de Centi-. 

Pero el más destacado de los acusados, y para quien el fiscal solicitaba una importantísima multa (1.400.000 pesetas), era Domingo González Botas, almacenista y comerciante de Carballo, de origen maragato, y concejal en la primera corporación municipal franquista de su pueblo, en septiembre de 1936. Cuando lo someten a Consejo de Guerra ya había sido multado varias veces por estraperlo. Y lo cierto es que siguió en sus trece y se convirtió durante la 2ª Guerra Mundial en traficante de wolframio.

Martín Tardío, Juan Jesús (2000), Puenteceso (La Coruña), Toledo.

Desconozco tanto la condena final como los delitos concretos por los que Julio Ramos fue acusado. Cohecho, malversación de fondos y auxilio a la rebelión, según el fiscal. Cohecho es el delito que comete un funcionario que acepta sobornos. Malversar fondos es apropiarse de dinero público. ¿Auxilio a la rebelión?. Imagino que sería por facilitar el estraperlo y, como decía el artículo 13 de la ley antes citada, dañar así a la economía nacional.

No creo que nuestro ‘cazador cazado’ hubiese apoyado a elementos revolucionarios. Era el típico funcionario que había ido ocupando cargos administrativos en los gobiernos provinciales. Tras ser secretario del gobernador de Córdoba en 1935, en abril de 1936 fue designado Jefe de Negociado de 1ª Clase en el gobierno civil de A Coruña, donde se mantuvo durante la Guerra. Su momento de gloria como gobernador interino duró poco.

El reportaje concluía del siguiente modo: “Hasta aquí nuestra conversación con el señor Ramos Alfageme. Tan interesante es que estamos seguros de que nuestros lectores disculparán la extensión en mérito a los alcances de la misma”. Desde aquí un “totalmente de acuerdo” al anónimo reportero.